Letra y música de Pedro Ángel Almeida
La noche era tan blanda en los asientos
de la parte de atrás de su seiscientos,
la noche era tan nítida y tan bella
debajo de aquel cielo sin estrellas.
La noche era tan alta entre los pinos,
lo más lejos posible del camino,
la noche era tan cálida y tan pura
manejando el timón de su cintura.
La noche era tan húmeda y tan loca
como los besos dulces de su boca,
la noche era tan limpia y tan callada
cuando vino a estallar la madrugada.
Oculto entre las sombras del pinar
estaba el paraíso terrenal.
Fueron noches de gloria
que guardó su memoria.
Perdidos en la paz de aquel rincón
los árboles les dieron protección
y la fruta prohibida
del árbol de la vida
fue el alimento de aquella pasión.
La familia se agita, preocupada.
Mira tú que irse así, sin decir nada,
y no han aparecido todavía.
Tendrá que intervenir la policía.
Ninguna pista de ellos desde anoche,
y encima se han largado con el coche.
El viejo está viviendo en una nube:
hace años que no pasa la ITV.
En principio, lo lógico es pensar
que a sus años no tienen por qué andar
amando por las ramas,
un señor y una dama;
por eso, en general puede extrañar
el sueño que quisieron realizar:
pasar toda la noche
dentro del viejo coche
ocultos en la paz de aquel rincón
reviviendo sin trampa ni cartón,
sin sábanas ni almohadas
sus noches añoradas.
Noches, noches de gloria
Ocultos en las sombras del pinar
en aquel paraíso terrenal
repitieron la historia
de sus
noches, noches de gloria.
Noches, noches de gloria
Perdidos en la paz de aquel rincón,
a espaldas de la gente y su opinión
recogieron a oscuras
su cosecha madura.
Noches, noches de gloria
